miércoles, 18 de abril de 2018

La edad de hierro de J. M. Coetzee

La tertulia de este libro será el 17 de mayo a las 19,30 h. 

en la Biblioteca Pilar Barnés


La literatura de Coetzee discurre entre el marco intemporal del mito y la referencia a lo inmediato. La ficción y el testimonio conviven con el impulso ético y la denuncia política. 

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La edad de hierro (1990) nos muestra la crueldad del apartheid en los ochenta, cuando la segregación racial obligaba a los niños a reemplazar el asombro de la infancia por el combate político. Niños de hierro que perdían su inocencia respondiendo a la brutalidad policial con violencia. Esa crispación no impedirá que surja una extraña amistad entre un vagabundo negro y una mujer blanca aquejada de cáncer. La señora Curren observa cómo se aproxima la muerte refugiándose en una extensa carta a su única hija, que vive en EE. UU. La lejanía del interlocutor transforma su epístola en un diálogo consigo misma. La inminencia del fin no borra su amor ansioso por el mundo: advierte cómo crece en su interior el anhelo de fundirse con los otros, redimiendo su condición de intrusa en una tierra ajena. El azar le permitirá realizar esa fantasía, ofreciéndole la compañía de Vercuil, un viejo mendigo. 

La señora Curren se vacía a través de la escritura. La inmolación de los jóvenes, que oponen a las balas de los afrikánders sus cuerpos inmaduros, evidencia que los tumores cancerígenos no prosperan tan sólo en su interior, sino también en una nación enferma. Vercuil no es Ulises. Su existencia itinerante no se inscribe en la mitología del Viajero. Sólo es la encarnación de una tierra yerma. Su vacío es el de un paisaje exento de esperanza. Sin embargo, ese paisaje se convierte en tierra de promisión ante los ojos de una anciana que busca la reconciliación. 

Juventud (2002) prolonga las memorias iniciadas con Infancia. De nuevo, Coetzee utiliza la tercera persona para referirse a sí mismo. El tono intimista ha sido sustituido por la frialdad de un cronista que no disimula la imperfección de sus emociones. Alejado de su familia e incapaz de establecer vínculos duraderos, Coetzee renuncia al compromiso. La invocación de lo Femenino le abastece de esa mitología del sufrimiento inherente a la vocación artística. Un trabajo mediocre en Londres no le impide admirar la poesía de Ezra Pound, donde coinciden la creación de poeta y crítico. Aficionado al cine de Bergman y Antonioni, su educación estética le revela su impotencia para la poesía, pero le insinúa sus posibilidades como narrador. Sin embargo, perdura el miedo a la vocación incapaz de materializarse. 

Coetzee es una de las voces más poderosas de la actual literatura anglosajona. Estos dos libros nos confirman la excelencia de una escritura, donde la conciencia artística siempre ha ido acompañada de un inequívoco propósito moral. 

Fuente: elcultural

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