miércoles, 7 de septiembre de 2016

Próximos clubes de lectura



Próximos clubes de lectura (oct-dic 2016)

La tertulia será el día 11 de octubre a las 19.30 h. en la Biblioteca Pilar Barnés


A caballo entre El camino, novela con la que algunos críticos la han relacionado, y el tremendismo más salvaje de La familia de Pascual Duarte, se sitúa la obra de Jesús Carrasco. Con la primera comparte ciertamente bastantes elementos: el protagonista -un niño de corta edad-, el ambiente de la España rural de la posguerra (que aunque alejado de la pequeña aldea norteña recrea el marco de la Castilla rural de otras obras de Delibes) en la que asistimos a la identificación de los protagonistas con el propio paisaje con el que incluso llegan a fundirse; los temas principales sobre los que gira la trama -la infancia, la naturaleza y la muerte-, o la necesidad de abandonar el hogar paterno, que si bien en la novela de Delibes se debe al empuje de un padre que desea el bienestar y el progreso de su hijo, en Intemperie, es el niño el que abandona el hogar por propia iniciativa impulsado por el miedo a la autoridad de un padre indeseable. 

Por otro lado, las similitudes con la obra de Cela y la corriente tremendista son también evidentes: la crudeza en la presentación del relato y los acontecimientos, la recurrencia de situaciones violentas de todo tipo, el lenguaje duro y descarnado, la presencia de personajes marginados (los propios protagonistas), con taras físicas (el tullido con las piernas amputadas que se desliza a ras del suelo sobre una especie de carrito empujándose con las manos como un animal) y criminales (“el Colorao”, un facineroso sin moral, a las órdenes del alguacil para los trabajos sucios) o las abundantes descripciones de paisajes -más escasas en el caso de los propios personajes- y en las que predomina la suciedad, la podredumbre y lo escatológico en general. 

Pero existen además otras influencias literarias bastante obvias como, por ejemplo, las relaciones que mantiene con la novela picaresca del XVI, y me refiero, en concreto, al protagonista Lázaro de Tormes con el que presenta bastantes similitudes: ambos niños, ambos míseros, ambos desamparados y solos, en lucha constante por sobrevivir, siempre enfrentados a un destino adverso en un mundo que les ofrece múltiples oportunidades para convertirse en individuos violentos, ruines o perversos, pero al que logran vencer manteniendo su inocencia; de ahí el sentimiento de ternura que ambos provocan en el lector. 

En cualquier caso, pese a que el relato nos coloca continuamente frente a situaciones incómodas, desagradables e incluso repugnantes -maltrato, pederastia, abuso de poder, violencia, hambre o miseria- no provoca rechazo sino, muy al contrario, su lectura engancha y emociona, lo que sin duda se debe a la excepcional sutileza con la que el autor se acerca a estos temas y el magistral uso del lenguaje empleado, preciso, cuidado, y elegante, aunque duro y directo al mismo tiempo, intercalando con soberbia factura la delicadeza de la voz con la expresión llana y directa. 

Jesús Carrasco, con Intemperie, ha aportado a la narrativa española actual una obra excepcional, destinada a ser un clásico -como algún crítico ha señalado- que llegó a nuestro país avalada por el enorme éxito cosechado previamente en Europa. Cuando algo así sucede, especialmente con una ópera prima y un escritor desconocido, las críticas y los elogios surgen en igual medida. Se le ha reprochado, principalmente, el lenguaje engolado, arcaico y forzado, con una excesiva presencia de términos rurales en desuso y, por tanto, desconocidos para el lector. Sin embargo, se trata de una obra conmovedora, narrada con una prosa excepcional y cargada de un lirismo que se transmite desde las primeras páginas, de factura perfecta y calidad literaria indiscutible.

Alejandra Crespo Martínez

La tertulia será el día 13 de octubre a las 19.30 h. en la Biblioteca Pilar Barnés

Juliet Ashton es una periodista que se ha labrado un nombre durante la Segunda Guerra Mundial gracias a sus artículos semanales en diversos periódicos y revistas bajo el seudónimo de Izzi Bickerstaff en los que ha tratado de buscar el humor entre la desesperación del conflicto. 

Terminada la guerra publica una recopilación de los mejores artículos que resulta todo un éxito editorial, hasta el punto de que Juliet se plantea preparar un próximo libro sobre algún tema que no tenga nada que ver con la guerra. En paralelo, recibe el encargo de publicar un artículo largo para el suplemento literario del Times sobre el valor de la lectura. 

Una extraña carta procedente de Guernsey, una de las Islas del Canal que fueron ocupadas por los alemanes durante la guerra, le pone en contacto con la curiosa sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey proporcionándole un posible tema para su futuro libro y su artículo, aunque finalmente encontrará mucho más. 

Ésta es la trama principal de La sociedad literaria y el papel de piel de patata de Guernsey, una novela de lectura apacible, escrita en su mayor parte por Mary Ann Shaffer y que, por causa de una enfermedad grave, tuvo que ser concluida por su sobrina Annie Barrows, escritora de cuentos infantiles. RBA es la editorial responsable de la publicación en España con traducción de Sandra Campos. 

La sociedad literaria y el pastel de piel de parata de Guernsey se compone exclusivamente de cartas, pero a diferencia de lo habitual en el género (intercambio entre dos corresponsales), nos encontramos ante una auténtica novela coral. Más de una decena de personajes intercambian cartas, principalmente con la protagonista, pero también entre los diversos actores secundarios. 

A modo de retales, vamos componiendo un cuadro de conjunto en el que las piezas dispersas de cada biografía van encajando y el lector construye su propio relato cronológico dando forma a la novela más allá de los esbozos que nos ofrecen las cartas.

Fuente: blog de confiesoqueheleído

La tertulia será el día 19 de octubrea las 10.30 h. en la Biblioteca Pilar Barnés

El reportaje es el género estrella del periodismo. Y el reportero, el periodista en estado puro. Esta raza en extinción evita que su trasero se llague en las sillas de la redacción, recorre el planeta analizando los hechos y las personas, y después se lo cuenta a sus lectores para que éstos sientan el mundo igual de ancho pero mucho menos ajeno. 


Kapuscinski es el rey de los reporteros. Y Ébano su última obra maestra, un reportaje de 340 páginas en el que nos invita a acompañarle por sus correrías africanas. El dice que se trata de un diario íntimo, un libro autobiográfico. Y debe ser así, porque en cada línea de texto queda muy claro que este escritor polaco lleva África en la sangre, en el corazón y en la memoria. Ébano evita los tópicos que atenazan a este continente, maltratado por la suerte y la historia, y describe su cara oculta, esa que ha sido dibujada por la violencia, el dolor, la derrota y las luchas por el poder. 
El viaje comienza en los primeros años de la independencia, días de júbilo y esperanza. Y termina con el brutal genocidio de los Grandes Lagos. Hemos estrenado un nuevo siglo, pero África sigue anclada en el pasado, en la derrota. Kapuscinski ha recorrido durante las últimas décadas este escenario despiadado, y lo ha hecho evitando los caminos oficiales: nada de embajadas, palacios, conferencias de prensa o bailes de salón. Su descripción de los golpes de estado, de las despiadadas luchas por el poder y del genocidio de un millón de tutsis es simplemente perfecta. Nadie como él para contarnos a qué huele un pescado secándose al sol, cómo suena un tambor fúnebre, a qué saben unas algas fermentadas. Son las vigorosas crónicas contemporáneas de un vagabundo plenamente consciente de que África es demasiado salvaje para no sangrar, demasiado grande para poder ser descrita: «En la realidad, y salvo por el nombre geográfico, no existe. Es un océano, un planeta aparte, todo un cosmos heterogéneo y de una riqueza extraordinaria». 

Este libro, ejemplo perfecto de cómo deben mezclarse información, filosofía e historia, debería entregarse a los alumnos de periodismo nada más traspasar el umbral de la facultad. Y es que el periodismo sin reportajes, y sin reporteros totales como Kapuscinski, sería menos sorprendente y mucho más triste y aburrido.

Fuente: diario El Mundo

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